viernes, 17 de abril de 2009

Lanzarote y Fuertenventura

La primera parte de la Semana Santa la he pasado junto a Noe en Lanzarote, con una pequeña escapada a Fuerteventura. Como valoración general, Lanzarote mola bastante, aunque Tenerife lo supera. Uno de los motivos del viaje fue aprovechar la tarjeta de residente de Noe (que obtuvo cuando vivía allí) y que permite un descuento del 50% en los vuelos.

Alquilamos un coche y nos recorrimos toda la isla. Hicimos 500 kilómetros y pagamos 20 euros de gasóleo, y eso que nos dieron el coche con 3/4 de depósito de gasóleo y lo devolvimos casi lleno.

Compramos por 30 euros un bono turístico que incluye la entrada al Parque Nacional de Timanfaya, la Cueva de los Verdes, los Jameos del agua (por fin sabemos de dónde viene la dirección de correo de Óscar), el Jardín del cactus, el Mirador del río y un museo de arte contemporáneo. Lo que de verdad merece la pena es el primer recinto y quizá los dos siguientes, así que el bono no no merece la pena.

Lo mejor de la isla es el Parque Nacional de Timanfaya. Es posible dar un paseo en dromedario (aunque allí lo llaman a veces caballo o camello).

En esta foto no hay ningún camello, aunque parezca haber más de uno.


Después, una guagua te lleva a hacer un recorrido para ver los muchos volcanes que dieron lugar con sus erupciones a lo que se llama la Montaña de fuego, una zona con un paisaje casi desértico impresionante.

Volcán en la Montaña de fuego


La Cueva de los verdes es una cueva curiosa por lo inusual de su origen volcánico. Si algún día la visitáis entenderéis por qué no pongo fotos.

Los Jameos del agua me decepcionaron un poco, primero porque yo entiendo que sólo había uno (el jameo del restaurente no tiene más agua que la del grifo) y segundo porque, una constante en toda la isla, se ponen muy cansinos con la publicidad sobre la sostenibilidad del turismo. Aún así hay unos cangrejitos albinos que brillan en la oscuridad muy chulos.

Jameo y laguito con cangrejos albinos


Desde el Mirador del río hay unas vistas muy bonitas de la vecina isla de la Graciosa (porque las Canarias no son solamente siete islas), pero había gente en los exteriores sin pagar la entrada y me dio la impresión de que las vistas serían similares.

La Graciosa (y no me refiero a Paz Padilla)


Sería un insulto a la inteligencia de los lectores explicar qué es el Jardín del cactus. Hay una cantidad increíble de ejemplares, así que mucho cuidado con dónde os sentáis.

¿Quién dijo que eL BDSM era antinatural?


Del contenido del museo de "arte" contemporáneo prefiero ni hablar, pero sí que diré que está situado en un castillo de Arrecife, capital de la isla. Cuando llegamos, estuvimos dando vueltas al castillo de San Gabriel intentado buscar la entrada, porque la única visible estaba cerrada. Solo un buen rato después caímos en que en Arrecife hay otro castillo más, el de San José, en el que está efectivamente localizado el museo.

No podía faltar en esta crónica una mención a las playas. Una de las dos que más me gustaron (bueno, tampoco vimos muchas más) fueron la Playa del Golfo, con una pequeña laguna de color verde junto al mar.

No se permite el acceso a la laguna porque hay piedras, no ya bonitas, sino preciosas


La otra es la Playa del Papagayo (sí, sí, papagayo), que es muy preciosa y está muy bien protegida del viento y, aunque sople con fuerza en toda la isla, en la playa casi no se nota. Lástima que de eso no nos enteramos a tiempo, y solo nos bañamos a las ocho de la tarde del último día de viaje y más por decir que nos habíamos bañado que por apetencia real.

Importante: no hay Photoshop en el color del agua


Fuerteventura está a una media hora en el ferry de Armas (hay otra compañía más rápida y más cara), así que nos dimos una escapadita de un día. Afortunadamente el mar estaba tranquilo y no me mareé excesivamente. El nombre de esta isla no es casual, y a veces parecía que íbamos a echar a volar. Estuvimos en Corralejo, junto al Parque Natural de las dunas de Corralejo. Esta zona es absolutamente turística y de hecho comimos en un bar donde no hablaban español, aunque lo entendían.

No, no es un desierto mexicano


Al sacar los billetes del ferry nos dijeron que el permiso de residencia estaba caducado hacía ya más de un año, así que menuda suerte tuvimos en el vuelo (en el de ida no pidieron el permiso y en el de vuelta no se dieron cuenta). Como en todo buen viaje que se precie, no podía faltar la buena gastronomía, pero de eso ya hablamos en Aquí no hay quien coma...

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