Para llegar a Alemania tuve que coger un AVE a Madrid a las siete de la mañana, para que me diera a tiempo a coger el vuelo en Barajas. Pues para dar un poco de emoción, estuve a punto de perder uno y por consiguiente el otro. Me levanté a las seis, me vestí y llamé al teléfono que me habían dado para pedir un taxi, 976 45 45 45. Después de varios intentos, no contestaban, así que me conecté a Internet y busqué otro número yo mismo. Encontré el 976 42 42 42 y me di cuenta que se habían equivocado al darme el número de memoria. En esa compañía no tenían ningún taxi disponible y tardaría en venir 15 minutos, pero muy amablemente me dieron el número de otra compañía de la competencia y me dijeron que mi taxi estaba en camino. Entre unas cosas y otras, cuando bajé a la calle faltaba un cuarto de hora para que saliera el tren (y cierran la entrada dos minutos antes). Menos mal que el taxista era enrollado y cuando le conté mi historia empezó a correr y saltarse un par de semáforos en rojo. Y, como en las películas, le di un billete y le dije que se quedara con el cambio. Se lo había merecido.
Mi congreso se ha celebrado en Karlsruhe, una pequeña ciudad universitaria peligrosamente tranquila (yo diría que aburrida) y es una pena porque parecía buen sitio para vivir con muchas zonas verdes y mucho uso de la bici. El nombre de la ciudad quiere decir "descanso de Carlos", porque en la Era Moderna un emperador llamado Carlos se detuvo a sestear bajo un árbol y decidió construir un palacio aquí, y en torno él fundó la ciudad. Es curioso que a partir del palacio salen unas veinte calles que, con forma de abanico, forman el núcleo de la ciudad.
El palacio de Karlsruhe
Aunque no tuve demasiado tiempo libre, tuve tiempo de hacer un par de escapadas. La primera a Estrasburgo. Karlsruhe está al lado de la frontera con Francia, así que están muy cerquita. De hecho, la Alsacia y la Lorena (no, no son dos amigas mías) fueron alemanas muchos años. Bueno, pues la capital de Alsacia es mona pero quizá me decepcionó un poco.
La segunda fue a Ulm, una ciudad a la que me quedé con ganas de ir cuando estuve de InterRail por Alemania. Es el lugar de nacimiento de Einstein, tienen la torre de iglesia más alta del mundo (aunque desde abajo no se ve mucho) y por allí pasa el Danubio, que por cierto no tiene mucho de azul. Quedé allí con la Señorita Amarilla, y la ciudad mola, aunque vaya tiempo que nos hizo (había tanta niebla que no se veía el final de la torre de la catedral y los pueblos de los alrededores estaban nevados). Por la noche estuvimos cenando en un restaurante típico alemán de Karlsruhe, donde actuaba un grupo en directo (Doctor's order) y donde las camareras iban "disfrazadas" por ser la noche de Halloween (dame pistachitos).
Catedral con la torre más alta del mundo

Colorido ayuntamiento

Cómo acabó el pobre, y eso que no sufrió la burocracia española

Colorido ayuntamiento
Cómo acabó el pobre, y eso que no sufrió la burocracia española
Ahora escribo desde el aeropuerto de Frankfurt, aunque publicaré cuando llegue a Zaragoza, que la wifi cuesta 8 euros la hora. He llegado con mucha antelación, y pensé invertir el tiempo en comprar unos regalos en el aeropuerto, pero resulta que éste que está entre los dos mayores aeropuertos de Europa, no tiene más que una tienda cuando se pasa el control de seguridad. Para más inri, en la tienda sólo venden colonias, tabaco y alcohol. Y ni siquiera la cerveza es alemana. Por cierto, una lata de Carlsberg vale 4.50, más que "duty free" debería llamarse "massimo duty".
Aunque suene bonito la parte de los viajes, han sido días de mucho trabajo. Recibí un correo electrónico que me amargó un día; el resto me los amargó mi jefe durante las estancias, que es adicto al trabajo. Baste decir que un día nos fuimos a cenar y empezó a hacer cuentas en el mantel (la camarera casi lo fulmina con la mirada).
Aquí se come nada más regular (por ejemplo, durante un coffee-break del congreso, la comida eran Bretzel, los famosos lazos alemanes que son salados). En fin, para casa me traigo algunos nuevos amigos y una teoría, que el "3x2" lo inventaron los alemanes, porque en alemán suena mejor y hasta rima: "trink drei, zahl zwei" (literamente, "bebe tres, paga dos").
Actualizo desde casa. Aunque el avión llegaba a las 3 a Madrid, el tren a Zaragoza lo he sacado a las 7; esta vez no quería agobios. Pero Terminal 4 está tan mal hecha que si tu avión aterriza en la terminal satélite, las maletas tardan en salir un mínimo de 50 minutos. Así que al final he llegado a Atocha casi a las 6 y no he tenido tiempo de aburrirme...

2 comentarios:
Que chulo que estuvo el concierto! Menos mal que la camarera se enrolló bastante hablando en inglés con todo el ruido del concierto.
P.D. No has contado nada sobre el divertido juego de cartas (que nos regalaron en la estación de Stuttgart) que no había forma de acabar ;)
xDDD Cierto, cierto, me da demasiada vegüenza. Además, hubiera tenido que contar que te perdoné la victoria cuando te quedaba una carta y que al final me dejé ganar (o me dejé perder, como dice uno de mi pueblo).
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