La verdad es que toda Polonia estuvo por debajo de lo que yo esperaba de ella, y mi opinión en todas las ciudades que visite es la misma: te gusta si tienes la oportunidad de visitarlo, pero no merece demasiado la pena desplazarse expresamente (o al menos merece menos la pena que muchos otros sitios).
Después de un viaje en tren nocturno que se retrasó dos horas y media, llegamos a Varsovia. Es una ciudad bastante polémica entre los visitantes pero que me apetecía mucho visitar. Nada más salir de la estación nos dio la bienvenida el imponente regalo de Stalin a la ciudad.
Prácticamente, toda la ciudad fue destruida en la Segunda Guerra Mundial, aunque hay algunas excepciones como la calle Próżna, con restos del famoso Gueto de Varsovia.
Sin embargo, el centro antiguo ha sido reconstruido, se supone que de un modo bastante fiel.
Una cosa muy guay fue poder almorzar en un bar mleczny. Estos locales, llamados literalmente "bares de leche" proceden de la época comunista, cuando estaban subvencionados por el estado y tenían precios asequibles a toda la población. Los pocos supervivientes en la actualidad siguen ofreciendo comida típica a precios de risa.
Esa misma noche viajamos a Cracovia, donde pasamos tres días visitando la ciudad y sus alrededores. Sin exagerar, mi impresión es que la ciudad tiene tantos turistas como Praga. Lo mejor es la plaza del mercado, donde la Iglesia de Nuestra Señora es sede de una curiosa tradición. Cada hora un trompetista toca una melodía y se interrumpe bruscamente en medio de un compás, rememorando a un vigía del siglo XIII, que avisaba de la llegada de los tártaros y que murió repentinamente al ser alcanzado por una fecha.
El otro gran punto de interés turístico es el Wawel, recinto del castillo y la catedral. Por cierto que según mi guía, si una chica toca la campana de la catdral, se casará ese año y, contradiciendo todas mis advertencias, Noe tocó la campana.
La primera excursión fue al Campo de Concentración de Auschwitz, en Oświęcim, el principal punto de ejecución del genocidio perpetrado por el régimen nazi. Importantísimo desde un punto de vista histórico, pero no me gustó nada la gestión turística del lugar. Por ejemplo, siempre proclaman que la visita es gratuita para que todo el mundo pueda saber lo que allí pasó. Sin embargo, hasta las 3 de la tarde es obligatoria la visita con un guía oficial para "garantizar la veracidad y neutralidad de las explicaciones". Solo diré que nuestro "neutral" guía comparó el actual gobierno de la EE.UU. con los nazis. Si quieren cobrar, tienen derecho a hacerlo, pero que no nos tomen el pelo.
La segunda excursión fue a la Minas de sal de Wieliczka, con una entrada muy cara para ser Polonia (unos 16 euros) pero que merecen la pena. Nos apuntamos a una visita guiada en italiano, que son más frecuentes que en español y disfrutamos entra otras cosas de una impresionante iglesia esculpida en sal a unos 100 metros de profundidad.
Desde el punto de vista culinario, me gustaron las que probamos allí, como la sopa de remolacha (Barszcz, mira que es difícil encontrar una palabra de siete letras con solo una vocal), la sopa de col más calórica del mundo (contenía uno o más de cualquier tipo de carne conocido) o la sopa ácida (Żurek, como allí hace frío se toman muchas sopas).
Son famosos también, aunque me convencieron poco, los pierogi, una especie de tortelloni raros que se rellenan de queso, carne o incluso fresas.
domingo, 30 de agosto de 2009
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