jueves, 4 de septiembre de 2008

Guipúzcoa

Guipúzcoa fue posiblemente lo mejor del viaje. Estando en Bilbao yo quería ver el Puente de Vizcaya, pero mis compañeros de viaje no estaban muy entusiasmados y decidieron parar en algún punto de la costa vasca. Zarauz nos pillaba de camino y se mencionaba (aunque de pasada) en mi guía, y fue el punto elegido. No es nada del otro mundo, pero tiene un playa chula para dar un paseo, una de la más grandes del Cantábrico. En Euskadi la política es omnipresente y la preciosa playa queda bastante afeada por la visión de una pintura en apoyo a los presos de ETA. Zarauz nos proporcionó una de las anécdotas del viaje cuando pasamos por el restaurante de Karlos Arguiñano y nos lo encontramos saliendo de allí, aunque la vergüenza no nos dejó pedirle hacernos una foto con él.


La playa, con sus chiringuitos de rayas y al fondo, la pintura proetarra


A continuación partimos hacia Fuenterrabía, más conocido quizá por su nombre vasco Hondarribia (pronunciado Hondarribi). El motivo fue que tienen un albergue barato con plazas (en San Sebastián eran las fiestas y fue imposible encontrar nada decente), pero resultó ser una pueblo muy muy bonito, con muchas calles pintorescas y un emplazamiento muy chulo, en la desembocadura del Bidasoa, de forma que al otro lado del río se encuentra Hendaya (Francia).


Una de las calles más bonitas de la localidad


Río Bidasoa y Hendaya vistos desde Fuenterrabía


Después cruzamos la frontera con el propósito de comernos un creppe en Hendaya, cosa que no fue nada fácil. Después de preguntar en español (parece que se habla muchísimo allí), nos mandaron a la playa y tras encontrarla y recorrerla hasta el final encontramos por fin una creppería donde comimos un creppe que no fue nada especial, rompiendo el mito de los creppes franceses.


La prueba de que cruzamos la frontera


De vuelta a España, cenamos en un bar con un camarero majísimo que nos explicó la dinámica de los pintxos: coger un plato, elegir los pintxos que más te gusten de entre aquellos expuestos en la barra, darle al camarero para que caliente aquellos que lo requieran y, al final, decir cuántos te has tomado en total y pagar. Como el camarero se fía de ti, bromeó diciendo que contáramos bien.

A la mañana siguiente desayunamos en el albergue. Las mesas eran de 8 personas y tenían 8 cosas de cada (8 tazas, 8 panecillos, 8 tarrinas de mantequilla, 8 de mermelada...), pero en la mesa estábamos con 2 desconocidas y por tanto éramos 6. Nuestra ración nos pareció insuficiente y ya pensábamos cómo repartir las 2 raciones sobrantes cuando de repente una zampabollos se las comió sin que pudiéramos decir ni pío!!

Con más hambre que Carpanta en Viernes Santo fuimos a San Sebastián, pagando un peaje (por el Norte es algo habitual). Toda la ciudad debía ser zona azul y tuvimos que pagar un párking que nos salió por un pico: Sanse es seguramente la ciudad más cara de España. Se come muy muy bien, sobre todo de pintxos, que se llaman así porque luego te clavan. Sale caro, pero son buenos buenos. Mientras paseábamos por la ciudad vimos un bar que nos gustó, paramos a tomar un pintxo y al final después de probar otro, decidimos volver sabiendo que ningún otro podría supear nuestra primera elección.


El bar de los pintxos 10, en la Parte Vieja de la ciudad


Aparte de callejear por la Parte Vieja y pasear por la playa de la Concha, hay que subir al Monte Igeldo a ver las vistas de la ciudad. Hay que pagar un peaje extraño por subir en coche; extraño en el sentido de que la infraestructura es tan cutre que parece ilegal... También tienen un parque de atracciones muy antiguo y, por tanto, con mucho sabor. Echamos una carrera de tortugas muy chula (la tortuga de cada jugador se movía con una velocidad dependiente de la habilidad metiendo bolas en unos agujeros). Merendamos, en mi caso un churro relleno (de crema). En definitiva, nos sentimos un poco niños y moló bastante.


Vista de San Sebastián desde el Monte Igeldo


Después fuimos a ver el Peine de los Vientos y por ser fiestas nos encontramos un concierto gratuito, de unos tales "Factodelafe y las flores azules". Nos quedamos un rato y comprobamos el por qué del nombre, ya que en un momento se lió un tormentón y de un fuerte golpe de viento se rompió el escenario, y se cayeron los focos. Para que se hubieran matado los músicos; nosotros temimos por ellos pero al día siguiente el periódico local ni lo mencionaba.


Peine de los vientos


Factodelafe y las flores azules en directo


Debido a la tempestad, no había nada que hacer en Sanse y volvimos al albergue. Compramos unos bocadillos y nos lo llevamos allí con la intención de comerlos en alguna sala común. Preguntamos al segurata de la puerta que dónde había una sala común para comer y nos dijo que no había porque en principio estaba prohibido comer dentro. Al final se portó y no dijo nada cuando entramos con las bolsas para cenar sentados en el suelo de la habitación.

1 comentario:

Srta. Amarilla dijo...

No sabía nada de que fueran famosos los crepes franceses, yo los probé en París y tampoco son nada del otro mundo. Los mejores son con diferencia los de la abuelita Luisa ;D