La verdad es que tenía las expectativas demasiado altas y la ciudad me decepcionó un poco. El centro histórico me pareció un poco frío, por decirlo de alguna manera, no me llamó mucho la atención.
Normalmente cobran por entrar a la Catedral 4 euros, pero a partir de cierta hora es gratuita la visita (aunque en este caso no incluye la entrada al museo donde está el considerado como Santo Grial) y yo no recomiendo pagar por ver esa catedral. Se pueden subir también previo pago los doscientos escalones de la torre conocida como el Miguelete o Micalet. Allí arriba Noe estaba haciendo una foto con mi cámara que me hizo temer por su integridad (la de mi cámara) y de repente sonó una de las seis campanadas que anunciaban la hora y me llevé un gran susto porque con el estruendo que se escuchaba desde allá arriba creí que algo y/o alguien se había despeñado hacia abajo.
Tiene también una lonja gótica que es Patrimonio de la Humanidad, aunque yo no sé bien qué tiene esta que no tenga la de Mallorca. Y un ayuntamiento muy chulo. Y una estación muy mona de estilo modernista.
Y un mercado central también modernista con unas naranjas baratísimas y con una pinta estupenda, me quedé con ganas de comprar pero no era plan de ir todo el día con un kilo de naranjas en la espalda.
Mientras esperábamos que abrieran los baños árabes, Noe se sentó en el tranquillo de la puerta. A mí me dio por hacer la típica broma de salir corriendo. Noe no se sorprendió demasiado, pero un par de italianos que también esperaban en la puerta fliparon.
Una cosa muy chula son las Jardines del Turia. Una vez creció el río, se inundó la ciudad y los valencianos decidieron que eso nunca volvería a suceder, y desviaron el río para que pasara por las afueras. En el espacio ganado han hecho varios parques, entre ellos destaca el Parque Gulliver, que tiene un gran monumento al gigante en el cual las diferentes partes de su cuerpo forman toboganes y donde te sientes un liliputiense.
Los Jardines unen el centro con la Ciudad de las Artes y las Ciencias, una zona de la ciudad muy moderna con edificios vanguardistas.
Preciosa por fuera, no recomiendo demasiado visitarla por dentro. No me convencieron ni L'Oceanogràfic, vendido como el acuario más grande de Europa (eso debe ser así por las zonas verdes, por las zonas de acuario de verdad), ni L'Hemisfèric (un cine 3D que yo me esperaba más real). Más de 22 euros con descuento de estudiante, definitivamente no vale lo que cuesta. Además, el tío de la taquilla era un inútil (tuvimos que ir tres veces a la taquilla) y nos engañó al decirnos que podíamos salir con una pulsera y volver a entrar después (cuando fuimos a hacerlo no nos dejaron). Entre los bichos que vimos en el acuario destacó un ibis que seguro que hará las delicias de algunos de los investigadores que me leen.
También estuvimos en el Museo Fallero, que por algún motivo que no recuerdo es estos días gratuito. Hay muchísimos ninots a los que supuestamente no se les podía hacer fotos...
Por último, estuvimos en la playa de la Malvarrosa. Es una playa que está dentro de la ciudad pero que me pareció bastante tranquila y poco turística. Es simplemente una intuición porque en enero lógicamente no esperaba mucha gente en la playa, pero era un barrio un poco decadente tirando a chungo y eso me gustó. Dicen que es uno de los mejores sitios para comerse una paella, pero eso lo dejaré para la tercera y última entrada dedicada a Valencia.
El último día fuimos de excursión al parque natural de L'Albufera, un lago con muchas aves. Se pueden dar paseítos en barca, pero hacía un día malillo, los barqueros se tomaron el día libre y nos quedamos con las ganas.
Para terminar una anécdota. En mi departamento hay una máquina de café que no da cambio, así que me pasé el viaje guardando monedas de 5, 10 y 20 céntimos para la máquina. Sin embargo, las monedas de 1 y 2 céntimos no las acepta, así que el último día quería gastar las que nos dieron a lo largo del viaje, que suponían un total de 8 céntimos. La cuenta del restaurante fue de 28.78 euros, así que yo pagué 30.08, con la esperanza de que me devolvieran 30 céntimos. Para mi sorpresa, nos devolvieron 28 céntimos, con lo que no solamente no me deshice de los céntimos malignos, sino que nos "timaron" dos céntimos de la vuelta.
Cuando volvimos a Zaragoza en autovía desde Valencia (un trayecto muy bonito con nieve y todo), unos 70 kilómetros antes decidí parar a echar gasolina en la próxima gasolinera que encontráramos. Como suele pasar, no había ninguna gasolinera señalizada hasta llegar a Zaragoza. Llegué a la ciudad después de un buen rato en reserva y con un buen susto en el cuerpo y decidí echar gasolina. Mi idea genial era echar (autoservicio) 40.08 euros de gasolina para librarme por fin de los céntimos malignos. Cuando llevaba 40 euros, aminoré la velocidad. Eché un céntimo, dos, tres... Me detuve justo en los 40.08. Solté la manguera. Cerré el depósito. Miré el número de surtidor antes de ir a pagar, ¡¡y marcaba 40.09!! No me explico cómo pudo suceder, pero así fue. Al final, mi idea genial acabó con un céntimo maligno más de los que tenía originalmente...
miércoles, 4 de febrero de 2009
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