sábado, 13 de junio de 2009

En el nuevo Harlem

En menos de dos horas llegamos a la (nos guste o no) capital del mundo: Nueva York. Es una ciudad realmente impresionante y que debido a la influencia del cine estadounidense provoca continuamente sensaciones de déjà vu. Da igual los días que estés, siempre habrá cosas por ver y por hacer.

Central Park es un parque chulísimo para relajarse y pasear, pero además tiene lugares preciosos como esta explanada.


Yo ya había visto previamente ciudades con muchos rascacielos (Toronto, Busan, Filadelfia...) pero de verdad que no hay ni punto ni comparación. Otra vista muy buena de ellos se tiene desde el Puente de Brooklyn (en la foto destacan el Puente de Manhattan y el Empire State).


El Empire State es lugar de obligada visita por las estupendas vistas que se pueden contemplar desde su terraza. En la foto, el Downtonwn, o sur de la isla de Manhattan.


Pero mi lugar favorito para ver los rascacielos es desde el ferry a Staten Island, gratuito, desde el sur de Manhattan. El ferry también pasa muy cerca de la Estatua de Libertad (que puede verse a la izquierda de la fotografía).


Para cerrar el capítulo dedicado a los rascacielos, no podía dejar de poner una foto de mi preferido: el edificio Chrysler.


Supongo que a estas alturas de la crónica, la mayoría de los lectores se estarán planteando dejar de leer, pero tranquilos, que uno sabe lo que demanda el público y os va a ofrecer algo picante: en el Puente de Brooklyn vimos una modelo asiática luciendo pintura corporal y haciéndose fotografías.


Afortunadamente, nos alojamos en Harlem, el barrio negro por excelecia y un lugar super auténtico. Afortunadamente, porque de lo contrario no creo que nos hubiéramos atrevido a meternos en y que antaño fue muy chungo, pero que, al menos nuestra zona, ya no lo es. Fuimos incluso a cenar a un restaurante famoso de comida sureña (Sylvia's), que tampoco fue gran cosa desde el punto de vista gastronómico (lo que cené por recomendación de la camarera fue un combinado de dos platos, uno de ellos pollo Kentucky), aunque lo pasamos muy bien y engordamos unos cuantos kilos seguro.


No siendo gran cosa, fue de los días que mejor comimos, porque ya se sabe que por allí el tema del papeo anda nada más que regular: casi todo es comida rápida y para llevar. Los famosos puestos de perritos calientes resultaron una pequeña decepción: yo esperaba unas salchichas de cierta calidad aunque fueran comida rápida, como en Alemania.


Para el desayuno puede hacerse una comida fuerte, como los clásicos huevos con beicon, acompañados de un café aguado y al borde del punto de ebullición. Y, por supuesto, con esa costumbre absurda de dejar propina.


Andaba tan mal el asunto que más de un día tuvimos que ir a ese gran restaurante (según Ferran Adrià) que es el McDonald's. Para facilitarnos el pedido, decidimos apuntar en una servilleta el número de menú que queríamos cada uno junto a la bebida deseada. La camarera no debía entender muy bien nuestro acento español y nos quitó la chuleta.

¿Imagináis el resultado? Después de preguntar un par de veces si estábamos seguros, empezó a servirnos 47 refrescos y suerte que pudimos detenerla a tiempo. Finalmente nos dieron 8 (éramos 6) y tiraron (o colocaron a otra gente) unos cuantos. Fue uno de los grandes momentos de un viaje que tuvo muchos. Otro de ellos fue ver un musical en Broadway ("La sirenita"), realmente flipante.

En fin, Nueva York es una todo eso y mucho más, es una auténtica pasada. Aprovechadlo ahora que el dólar está débil con respecto al euro porque si no, habría resultado muy caro.

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