Pisa es una ciudad donde casi todo el mundo se mueve en bicicleta, así que, al igual que los otros años, quería comprar una bicicleta usada. Estuve buscando en una página de Internet y en un periódico gratuito que reparten en algunos puntos de la ciudad, y gracias a éste último encontré una oferta interesante: una bici de hombre por 30 euros.
El viernes llamé al teléfono y quedamos para el viernes a mediodía. Cuando me dijo el nombre de la calle y cómo llegar a su casa, comprendí que ya había estado allí en 2006, cuando compré una bicicleta que me duró poco (dio algún problema y que luego se pinchó una rueda). Tres años y medio después, el tío sigue sacándose un sobresueldo arreglando bicicletas viejas y vendiéndolas. A pesar de la mala experiencia previa, como ahora sí conozco lugares donde arreglar la bici en caso de que dé problemas, seguí adelante.
Fui a su casa, le llamé por teléfono una vez estaba en la puerta de la comunidad, tal y como acordamos, pero me dijo que no estaba en casa, y que ya si eso nos veíamos al día siguiente. El tío vive cerca del aeropuerto, a unos 45 minutos andando desde mi casa, así que esa informalidad sería suficiente para mandarle a la mierda, pero realmente me interesa la bici. Sí, en Pisa el aeropuerto está dentro de la ciudad y se puede ir andando.
El domingo me desperté sobresaltado al escuchar el ruido que hacía mi persiana golpeada violentamente con el viento. Hacía una tormenta de mil demonios, totalmente imprevista por los meteorólogos. Bajé la persiana e intenté seguir durmiendo, pero soñé que el viento hacía desaparecer mi ropa tendida en la terraza y me volví a despertar sobresaltado. Metí el tendedero en mi habitación e intenté dormir, pero ya no había manera. Con la que estaba cayendo, no parecía nada oportuno salir de casa.
Pero a las doce dejó de llover un poco, así que cogí el chubasquero y el paraguas y fui a por la bici. Sabía que llegando a la hora de comer sería probable que estuviera en casa. Cuando llegué, llamé y me dijo que no me esperaba por el mal tiempo. Hubo un silencio. Supongo que esperaba que yo preguntara si estaba ocupado o comiendo, si prefería que volviera luego... pero me callé. No le quedó más remedio que hablar y decir que me la enseñaba. La vi, la probé y me la quedé, aunque no me convencieron los frenos (que rozaban) y se lo comenté. Se despidió diciendo que tenía que volverse a terminar de comer, yo me hice el sorprendido, me disculpé y me marché a casa.
Efectivamente, una vez que se pulsa el freno trasero, la rueda de atrás frena. Sin embargo, cuando se suelta, no vuelve a su posición original, y continúa frenando un poco. Basta dar un tirón al cable por la parte cercana a la rueda trasera y vuelve a funcionar bien, ya le he cogido el truco y no hay mayor problema. Seré un malvado, pero me parece genial poder subir las pocas cuestas de la ciudad (los puentes del río y de la vía férrea) en la bici mientras ves como un montón de gente no está en forma y se baja de ella. Por supuesto no tiene velocidades ni nada, pero por ahora va bien. A ver lo que dura. Ahora la tengo bien aparcadita en la urbanización donde está mi casa (el "cerrojo" me lo traje de España).
lunes, 12 de abril de 2010
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