Nuestro alojamiento tenía una ruinosa puerta de la calle, pero a pesar de esa mala imagen, fue uno de los mejores en que he estado. La recepcionista era una chica muy maja y tenían un ambiente muy relajado, beneficiado por la prohibición de usar zapatos en el albergue. Tan relajado era el ambiente que me olvidé un bote de gel y una memoria USB, pero a pesar de todo guardo un muy buen recuerdo.
Murallas
Almorzamos en un restaurante típico llamado la casa de la abuela, pero en lengua estona. Entre otras cosas, tomamos Kama, un postre típico a base de cereales y leche agria.
El primer día visitamos el casco histórico.
El segundo día nos alojamos para ver un parque donde está el palacio presidencial, de color rosa, al igual que el parlamento estón.
Parlamento
Como terminamos temprano, fuimos con muchísima antelación (unas 2 horas) a la estación de autobús. No existía el andén 8, desde el que debía salir nuestro autobús con destino a Riga, pero pregunté por ahí (no había una ventanilla de información) y me dijeron que no me preocupara. Después de esperar más de hora y media, observamos que en el panel de salidas anunciaban autobuses posteriores al nuestro, pero el de Riga no aparecía. Pregunté a un vigilante de seguridad y descubrimos que en Tallín hay dos estaciones de autobús, y no estábamos en la correcta. A la carrera, cogimos un taxi hasta la estación y pudimos coger el autobús. Menos mal que en Estonia hay euros, porque si hubieran tenido moneda propia, a esas alturas nos habríamos gastado las últimas monedas y no hubiéramos tenido efectivo para pagar el taxi. Después de la ajetreada estancia en Finlandia y del incidente con el autobús, el resto del viaje fue, por suerte, bastante más tranquilo.

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