Cuando abrí los ojos el sábado pasado, un escalofrío me recorrió todo el cuerpo. En mi habitación había algo que no debería: luz. Mi tren a Milán salía a las 6:08, y mi alarma debería haber sonado a las 5, cuando aún es de noche. Sin embargo, eran las 5:37. Los lectores avispados recordarán que el día anterior también me quedé dormido. Después del susto inicial, me vestí, salí corriendo, monté en la bici, pedaleé como si el diablo me persiguiese y, aún no sé bien cómo, llegue a tiempo de coger el tren.
Intenté dormir en el tren sin éxito. El aire acondicionado estaba estropeado, y hacía un frío exagerado (todos los que entraban en el vagón hacían algún comentario al respecto). Además, un pasajero estaba escuchando música (moruna) en el móvil, a toda cebolla. Cuando por fin se bajó y pude dormirme, me despertó el revisor, nunca falla.
Una vez en Milán, cogí un tren a Bellinzona, el primero de mis destinos en Suiza. En mi sitio había sentado un niño, sentado enfrente de su padre, así que me senté en el contiguo. El niño era muy cansino y tenía frito al padre. Cuando estábamos en el lago Lugano, el niño preguntó si era el mar. Al padre se lo llevaban los demonios: “¡cómo va a ser el mar en Suiza!”. Al rato el niño me pidió que lo dejara pasar y se sentó junto al padre. Poco después, fue a buscar al baño sin éxito. Volvió a explicar al padre que no lo había encontrado y de repente entró en erupción y vomitó hasta la primera papilla. Inexplicablemente, no me cayó nada encima. Cuando empezó a deslizar cuesta abajo por el pasillo del tren, lo hizo en el sentido contrario. Por si acaso, me cambié de sitio y hasta de vagón.
No mucho más tarde llegamos a Bellinzona. Llegué a Suiza sin un franco suizo en el bolsillo, así que lo primero que hice fue sacar dinero de un cajero. Lógicamente, me dieron billetes. Después, busqué dónde comprar billetes del autobús urbano: solamente había una máquina automática que solamente aceptaba monedas. Fui a buscar un bar donde comprarme un bocadillo para que me cambiaran. Mientras, vi pasar mi autobús. En el bar, me dijeron que solo quedaba un bocadillo y que era pequeño. Debería haberle hecho una foto, pero mi cámara no tiene tanto zoom. Para que os hagáis una idea del tamaño, compré también una botella de agua pequeña y me costó el doble que el bocadillo. Volví a comprar el billetes de autobús, esperé un rato y descubrí que el autobús pasa cada dos horas, y lo había perdido hacía poco. La Confederación Helvética me había timado 2 francos suizos, para la cosa no podía terminar así.
Me fui andando al centro pero, con tanto tiempo como había perdido, el punto de información turística ya había cerrado. No entiendo el sentido de cerrarlos los fines de semana que es cuando más turistas hay, pero sería la tópica oficial en Suiza, donde es muy difícil encontrar cosas abiertas los fines de semana.
Bellinzona es una ciudad chula, única en el mundo por tener tres castillos. En la foto inferior se ven dos de ellos desde el tercero.
Desde una de las torres del tercer castillo hay vistas panorámicas. Cuando estaba en la entrada, había un cartel diciendo que se sacara el ticket antes de entrar en el recinto del castillo: el destino me ofrecía la oportunidad de saldar cuentas con la Confederación Helvética, y me colé. A la salida intenté buscar la oficina de tickets para ver cuánto había timado yo esta vez, y fui incapaz de encontrarla. Sospecho que de todos los allí presentes no había pagado nadie.
Una vez concluida la visita, fui a la estación. Había un tren parado en el andén del que debería partir mi tren con un mensaje de que por favor no se subiera. A un minuto de la hora de la salida, unas autóctonas se montaron en el tren y yo hice lo mismo. Me senté, y miré por la ventanilla. Pasajeros, vías, trenes... y mi jersey en un banco. Salí corriendo a recuperarlo y no perdí el tren de milagro. Una vez dentro, me dio sueño y pegué una cabezada que casi me hace pasarme mi parada: Lugano.
Dejé las cosas en el albergue, hice una visita nocturna a la ciudad y me acosté temprano. Compartí habitación con un montón (12) de muchachos y muchachas germano-parlantes. Yo diría que adolescentes por el comportamiento. Incluso me dio cosa ponerme el pijama en la habitación por si estaba cometiendo un delito de exhibicionismo y me fui a las duchas.
Lugano es una ciudad bonita, a las orillas de un lago rodeado de montañas, un parque en la orilla del lago, y con tantas cuestas que hay un funicular entre la estación y el centro.
También subí en funicular a un monte vecino (Monte San Salvatore) desde donde hay unas vistas estupendas.
Otra vez tuve incidentes con las máquinas automáticas de los billetes de autobús. La máquina no daba cambio, y yo no tenía suficiente dinero suelto para un billete. Había desayunado poco antes en el único sitio abierto de los alrededores, y ya entonces se quejó la camarera de que no tenía cambio. Llegó el autobús y pregunté si se podía comprar el billete a bordo, con respuesta negativa. Así las cosas, mi opción fue comprar un billete de 3 paradas, a pesar de que iba a utilizarlo algunas más y sabiendo que ello suponía abrir de nuevo las hostilidades con la Confederación Helvética. Ésta, lejos de mantenerse neutral como se le suponía, devolvió el golpe: la máquina no me devolvió las monedas no utilizadas (como no distingo bien las monedas, eché dinero de más), equilibrando un poco el resultado.
Necesitaba comprar un sobre para hacer un envío a un amigo. Como ya dije, en Suiza casi todo está cerrado los fines de semana, así que después de mucho buscar terminé comprando una felicitación de cumpleaños, de esas con un ratón y un corazón en la portada, porque la vendían junto a un sobre para su envío. Ya puestos, le felicité el cumpleaños con 6 meses de retraso. O de adelanto.
Los francos suizos se me acabaron poco antes de terminar la visita a Lugano. Tuve que pagar en euros unas postales, y me dieron la vuelta (más de un euro) principalmente en monedas de 5 céntimos. De vuelta a la estación, decidí tomar el funicular, ya que decía un cartel que se podía pagar en euros: 80 céntimos. Lo que no dice es que no aceptaban monedas de 5 céntimos, y sin contar estas monedas, sólo tenía 70. No se acepta pago con tarjeta y había poco tiempo para ir a buscar un cajero, así que menos mal que hizo la vista gorda y me dejó pasar, pero no entiendo por qué prefieren perder 10 céntimos a coger las monedas de cobre.
Las desavenencias no terminan aquí. Tenía comprado el billete hasta Milán, donde debía coger otro tren a Pisa. No saqué este último billete por si acaso perdía el anterior tren. En la estación de Milán había un caos porque no funcionaban las máquinas de venta de billetes. Viendo el panorama, intenté montarme en el tren sin billete para comprarlo allí mismo. En ese caso, cobran un suplemento, pero yo esperaba que me evitasen al no funcionar las máquinas. Sin embargo, el tren arrancó en el mismo instante en que intentaba abrir la puerta para subir.
Viajé en el siguiente tren, que tarda lo mismo, cuesta casi el doble y llegó con 45 minutos de retraso. El motivo: una pasajera viajaba sin billete y se negaba a pagar el suplemento. Porque es una rebelde, no porque en su estación de salida las máquinas no funcionen. Parece ser que todas las semanas hace lo mismo, así que esta vez el "jefe del tren" se hartó, llamó a la policía y la detuvieron en una estación intermedia.
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